sábado, 4 de julio de 2020

Capítulo 18


En busca de la trascendencia (y II)
La libertad implica optar entre el bien y el mal, el orden y el caos, y el avance de la ciencia no es más que la capacidad del hombre para descubrir una realidad existente, creada por Dios desde el origen del universo.
Cuando el hombre se determina a conseguir la bondad de las cosas, a vivir con alegría y libertad y adentrarse en lo misterioso que tiene la vida, predisponíendose a encontrar su lugar en el mundo, lo hace en la seguridad de que conseguirá todo lo que se proponga y nada le será imposible de conseguir. Esta es la fuerza de voluntad "que mueve montañas".
Jean-Paúl Sartre decía que "El hombre no es otra cosa que lo que haga de si mismo". Pensamiento que también es válido para el hombre que cree en la trascendencia y se dispone a lograrla desde una actitud positiva ante la vida, haciendo el bien en todo lo que le relaciona con su vida humana.
Dice Lou Marinoff en su libro Pregúntale a Platón que "La práctica espiritual enriquece la vida, tanto de las personas religiosas como de las que no lo son". También afirma que... "Sólo vaciándonos de lo mundano, podemos llenarnos de lo divino y convertirnos en su instrumento.
En la página 209 del mencionado libro dice: "Desde un punto de vista filosófico, las religiones organizadas son un fenómeno absolutamente asombroso. Otorgan a los seres humanos, vulnerables, mortales, falibles y sufridores, la oportunidad de unirse a la divinidad, inmortal, infalible y que, seguramente, gobierna el universo.
Dado que habitamos cuerpos animales, los humanos nos hallamos limitados en presencia, conocimiento y poder. Aunque existen infinidad de lugares en los que nos gustaría estar, no podemos estar en más de uno a la vez.
Estamos constreñidos a aprender una minúscula fracción de la cantidad infinita que es conocible y nos vemos condenados a olvidar más de lo que recordamos.
Debemos realizar todas nuestras acciones en un lapso insignificante, comparado con las escalas geológicas u otras más duraderas.
Finalmente, si tenemos en cuenta cuánto podría y debería hacerse, apenas se nos concede energía para materializar nuestros propósitos.
A diferencia de nuestro cuerpo, nuestra mente es ilimitada, por lo que somos libres de imaginar un ser personalizado o una fuerza cósmica que es omnipresente, omniscente y omnipotente. Solemos denominarlo Dios".
Como cosecha propia pienso que en su desorden, el hombre ha desequilibrado su entorno, ha creado necesidades nocivas totalmente prescindibles, y se ve imposibilitado para descubrir el mundo armónico que le rodea, en las diversas dimensiones que conviven simultáneamente en el mismo espacio-tiempo.
Nuestra dimensión hace infinito al espacio, en una movilidad finita y reducida. Otras dimensiones van ampliando la movilidad-presencia hacia el infinito, reduciendo el espacio a limitado y dominable.
Las sucesivas dimensiones se alcanzan al término de cada etapa-vida, a cuyo término descubriremos lo pobre de nuestra presencia, vivida en un mundo tan perfecto.
La perfección del hombre será alcanzada cuando se funda en el amor como modo natural de convivencia y de semejanza plena a Dios, su creador.
Es importante que la vida acontezca en esas distintas etapas. En las superiores se alcanza finalmente la eternidad a través de la muerte. Ciertamente la muerte es, de hecho, el destino necesario de toda la vida meramente orgánica.



2 comentarios:

  1. Pues estoy encantado de leer tantas cosas que coinciden con mi modo de pensar. Veo que no estoy solo. Gracias a autor.

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    1. Me alegra que coincidamos en esta filosofía de vida, lo que demuestra que es posible vivificarla si nos lo proponemos con convicción, retroalimentandola con la satisfacción del bien común que se consigue con este modo de vivir.

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