Ordenar y perfeccionar el mundo (I)
La vida se nos ha dado para amar y para ser amados y en nuestro
desvarío la humanidad que hemos creado tiene un proceder no humano.
Desde el punto de vista cristiano, Jesús viene a mostrarnos una
manera de ser y de vivir con amor, como única forma de hacer un
mundo mejor.
Sin embargo, el hombre con su soberbia, trata de vivir y actuar como
si Dios no existiera y lo complica todo, cuando en Dios todo es mucho
má fácil.
En el Antiguo Testamento vemos como para lograr la convivencia del
pueblo elegido, Dios, a través de Moisés, le da las diez Leyes o
Mandamientos. Sólo diez que, en realidad, se reducen a dos: amar a
Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo.
Hillet, Doctor de la Ley y destacado miembro de los fariseos,
mantenía que lo esencial de tales leyes se puede resumir a una sola:
"no hagas a los demás lo que no querrías que te hicieran a
tí"; y añadía: "todo lo demás son meros comentarios a
esta norma".
La realidad se presenta en la actualidad de forma bien distinta. Dice
Alfonso Milagro en su libro “Los cinco minutos de Dios”, que el
mundo se muere por falta de afecto, por frío de corazones, por
alguien dispuesto a “perder el tiempo” escuchando a quienes nos
rodean, intentando descubrir al niño de cada uno y darle un poco de
afecto, algo más de bondad, una sonrisa, una compañía al menos de
media hora de conversación.
La globalización produce nuevas fracturas. En el marco de un
liberalismo sin controles adecuados, se ahonda en el mundo la brecha
entre países "emergentes" y países "perdedores".
Los primeros disponen de capitales y tecnologías que les permite
gozar a su antojo de los recursos del planeta, pero no siempre actúan
con espíritu de solidaridad y participación. Los segundos en
cambio, no tienen fácil acceso a los recursos necesarios para un
desarrollo humano adecuado: más aún, a veces les faltan los medios
de subsistencia.
El desafío de nuestro tiempo consiste en asegurar una globalización
en la solidaridad, una globalización sin marginar a nadie.
En palabras de Ikeda Daisaku, "El diálogo, la confianza y la
colaboración se encuentran arraigados en la competición humana, una
competición en el dominio de uno mismo. Ésta es la base sobre la
cual se puede construir una sociedad global, una civilización global
para el siglo XXI".
Y continúa diciendo:"Si el enemigo definitivo es la
deshumanización, la solución definitiva debe ser la revitalización
y restauración de la humanidad. La fuente para ello debe ser una
filosofía del humanismo".
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