lunes, 22 de junio de 2020

Capítulo 6


A partir de este capítulo entramos en la Parte segunda de los contenidos del Blog, a la que vamos a dedicar una serie de reflexiones destinadas a denunciar la mala práxis en el ejercicio del poder y a exponer una visión humanista del liderazgo a ejercer por nuestros dirigentes para dignificar la función pública.
Liderar el futuro ante la tentación del poder.
La autoridad se despliega para hacer al otro autor de si mismo, para aumentar en el otro su capacidad de ser.
Es cuando la autoridad debe empobrecerse para enriquecer al otro hasta el punto de que alcanza su finalidad cuando el otro es capaz de tomar el peso y asumir a su vez el servicio que toda autoridad está llamada a prestar a la sociedad humana.
La autoridad existe y subsiste en la medida que da y entrega lo que ha recibido. Si, al contrario, guarda para si el don recibido y se encierra en una suficiencia prepotente, utilizando su capacidad para sus propios fines, se hace autoritaria y abusa del poder.
La autoridad dejada a la tendencia humana de independencia y suficiencia se revela inhumana.
El modo cristiano de ejercer la autoridad conduce a una autoridad verdaderamente fructuosa para el hombre y a una verdadera libertad.
La enfermedad congénita en todos los que asumen autoridad y responsabilidad puede ser la tentación de encerrarse en un egoísmo larvado que, latentemente o a la luz del sol, aspira a la propia independencia y la dependencia ajena.
Para transformar esta enfermedad congénita en sano ejercicio de la autoridad plenamente responsable hace falta convertirse de contínuo, descentrar el pensamiento y la acción de lo que parece espontáneo y del todo natural -el amor propio- para compartir lo que se es y se ha recibido para el servicio ajeno.
Así que no hay que extrañarse mucho si el abuso de la autoridad asoma incesantemente por todas partes y en todos los tiempos, y si el ejercicio de la autoridad está constantemente sometido a corrección y conversión, contestación y reconciliación.
En palabras de John Stuart Mill, el único objetivo por el que puede ejercerse justamente el poder sobre un miembro de la comunidad civilizada, en contra de su voluntad, es para prevenir el daño a otros.
James C. Hunter, en su libro "La Paradoja" dice que para liderar hay que servir. Y define las siguientes cualidades de la autoridad y el liderazgo: Honrado, digno de confianza; Ejemplar; Pendiente de los demás; Comprometido; Atento; Exige responsabilidad a la gente; Trata a la gente con respeto; Anima a la gente; Actitud positiva, entusiasta; Aprecia a la gente.
Liderar nuestros actos de manera comprometida, para exclarmar como Amado Nervo: "...porque veo al final de mi rudo camino, que yo fui arquitecto de mi propio destino; que si extraje las mieles o la hiel de las cosas, fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas; cuando planté rosales, coseché rosas..."
Y no olvidar que, como decía Marco Aurelio, "El universo es cambio; nuestra vida es lo que nuestros pensamientos hacen de ella".

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