A partir de este capítulo entramos en la Parte segunda de los
contenidos del Blog, a la que vamos a dedicar una serie de
reflexiones destinadas a denunciar la mala práxis en el ejercicio
del poder y a exponer una visión humanista del liderazgo a ejercer
por nuestros dirigentes para dignificar la función pública.
Liderar el futuro ante la tentación del poder.
La autoridad se despliega para hacer al otro autor de si mismo, para
aumentar en el otro su capacidad de ser.
Es cuando la autoridad debe empobrecerse para enriquecer al otro
hasta el punto de que alcanza su finalidad cuando el otro es capaz de
tomar el peso y asumir a su vez el servicio que toda autoridad está
llamada a prestar a la sociedad humana.
La autoridad existe y subsiste en la medida que da y entrega lo que
ha recibido. Si, al contrario, guarda para si el don recibido y se
encierra en una suficiencia prepotente, utilizando su capacidad para
sus propios fines, se hace autoritaria y abusa del poder.
La autoridad dejada a la tendencia humana de independencia y
suficiencia se revela inhumana.
El modo cristiano de ejercer la autoridad conduce a una autoridad
verdaderamente fructuosa para el hombre y a una verdadera libertad.
La enfermedad congénita en todos los que asumen autoridad y
responsabilidad puede ser la tentación de encerrarse en un egoísmo
larvado que, latentemente o a la luz del sol, aspira a la propia
independencia y la dependencia ajena.
Para transformar esta enfermedad congénita en sano ejercicio de la
autoridad plenamente responsable hace falta convertirse de contínuo,
descentrar el pensamiento y la acción de lo que parece espontáneo y
del todo natural -el amor propio- para compartir lo que se es y se ha
recibido para el servicio ajeno.
Así que no hay que extrañarse mucho si el abuso de la autoridad
asoma incesantemente por todas partes y en todos los tiempos, y si el
ejercicio de la autoridad está constantemente sometido a corrección
y conversión, contestación y reconciliación.
En palabras de John Stuart Mill, el único objetivo por el que puede
ejercerse justamente el poder sobre un miembro de la comunidad
civilizada, en contra de su voluntad, es para prevenir el daño a
otros.
James C. Hunter, en su libro "La Paradoja" dice que para
liderar hay que servir. Y define las siguientes cualidades de la
autoridad y el liderazgo: Honrado, digno de confianza; Ejemplar;
Pendiente de los demás; Comprometido; Atento; Exige responsabilidad
a la gente; Trata a la gente con respeto; Anima a la gente; Actitud
positiva, entusiasta; Aprecia a la gente.
Liderar nuestros actos de manera comprometida, para exclarmar como
Amado Nervo: "...porque veo al final de mi rudo camino, que
yo fui arquitecto de mi propio destino; que si extraje las mieles o
la hiel de las cosas, fue porque en ellas puse hiel o mieles
sabrosas; cuando planté rosales, coseché rosas..."
Y no olvidar que, como decía Marco Aurelio, "El universo es
cambio; nuestra vida es lo que nuestros pensamientos hacen de ella".
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